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lunes, 22 de abril de 2019

¿Quien nos protege de quienes nos protegen?

Hace un año, aproximadamente, sufrí la ruptura con mi pareja, de la que estaba muy enamorado. Esto ha sido muy duro y difícil para mí. Un proceso lento y doloroso. Todo esto me causó un brote psicótico. Dentro de mi enfermedad (esquizofrenia) es algo normal. Pero llevaba casi diez años muy estable, sin ningún síntoma y bastante recuperado.

En mi pueblo, un pueblo pequeño, una persona en mi estado, es difícil que pase desapercibida. Dentro de mi brote psicótico, he hablado con personas variopintas, desde militares, políticos, alcaldes, concejales, galeristas de arte, musulmanes, artistas y personas sumidas en la miseria.

Todo este mejunje de personas varias, con sus vidas, las conversaciones con ellos, el que hubiera sido Semana Santa y al poco, ramadán, crearon en mi cabeza una ensalada de ideas bastante densa. Hablé con el ex alcalde de Cartagena, con el concejal de cultura de Torrepacheco, con galeristas de Cartagena y Torrepacheco, con un artista de un pueblo vecino con una enfermedad similar a la mía pero que prefiere llevar en silencio, con gente que vive en la calle, con militares oficiales y suboficiales, con muchos musulmanes, entre ellos, artistas, campesinos y gente de malvivir, con gitanos y okupas.

La cosa es que dentro de la idea paranoica que me rondaba la cabeza, una de ellas era mi título de marqués de la Ensenada, almirante y de que se me permitía hacer uso de la gasolinera a mi gusto y placer. Ya sé que es absurdo, pero para mí, entonces, lo pensaba así. Entonces, llené el depósito de mi vehículo y le dije a la chica de la gasolinera: “Tú pagas”, y me fui.

A los días, me detiene la guardia civil, acusado de robo con intimidación, en una gasolinera.

La chica me había denunciado diciendo que le había sacado un cuchillo. Yo no salía de mi sorpresa, porque efectivamente, yo me había ido sin pagar de la gasolinera, pero no recordaba haber sacado o tenido ningún cuchillo en mi automóvil.

De hecho, tras comprobar las cámaras del establecimiento, no constaba que se me viera con ningún cuchillo ni haciendo ningún ademán de violencia.

El caso es que fui encerrado en un calabozo todo un día, esposado. Y hay que decir lo que duele llevar unas esposas, además de dolorosas, incómodas. Estar en un calabozo no es algo precisamente agradable. Tampoco es agradable que te fichen como un vulgar delincuente, ni defecar en un agujero en el suelo y lavarse la mierda con las manos en un lavabo. Dormir sobre un poyete de piedra. Estar encerrado sin ventanas y con una luz artificial, amarilla y tenue. Menos agradable es escuchar los gritos de los demás.

Al tiempo fue el juicio. La chica no quería retractarse de su denuncia, pese a haberme ya, unos días antes, disculpado y devuelto el dinero que correspondía a mi consumición de gasóleo.

Me dijeron que me enfrentaba a una pena de un año de cárcel.

La vida es injusta, pero más injusta es la justicia. Paradójicamente.

Poco a poco, he ido recuperando la cordura, pero me cuesta más trabajo salir a la calle y me dan un miedo horrible, los policías, la gente uniformada y las luces estroboscópicas.

La policia se supone que nos protege, pero ¿quien nos protege de la policia?

Piensen un poco 


Juan Montoya López 

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