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sábado, 13 de febrero de 2016

A Manuel Frutos Llamazares

A Manuel Frutos Llamazares

Ayer, 3 de Noviembre del 2010, fallecía un buen amigo de un infarto. Una gran persona, a la que además, consideraba como un segundo padre, mi padre espiritual, el padre que nunca tuve, dedicado a las artes y que me juzgaba desde el punto de vista artístico, con criterio y con fundamento.

Siempre se quejaba, de tener que pintar “mierdas”, que a los no entendidos en arte, dejaban embelesados, y que gracias a esas “mierdas”, podía pagar las múltiples facturas, que todos tenemos que pagar a diario, pero el tiempo que dedicaba a esas obras en concreto, le restaban tiempo para ocupar sus manos y su cabeza en las que los entendidos en arte consideramos de más valor: Los cuadros de telas, con sus planos superpuestos y cientos de formas de verlos según las sombras que creaban unas telas sobre otras dependiendo de la luz que los amparaba, las cabezas de toros, las formas orgánicas y los puzzles que rompían su cabeza en miles de piezas que encajaban milimétricamente unas con otras, en un laberinto que sólo él sabía cómo funcionaba, porque era él, quien lo creaba, quien se adentraba en él, para probarlo y salir victorioso, tras autoproponerse retos, como este y muchos más. Todo para ocupar el tiempo, y no volverse loco.

Un tiempo preciado, un tiempo al que le fueron robados unas toneladas de minutos, para pintar “mierdas” y así poder vivir dignamente, como se supone, deben vivir las personas más apreciadas de esta sociedad, que son los artistas. 

Ante esta falta de mimos, para con los artistas, un gigante, como este, escondido entre bancales de pimientos y melones, perdido en medio del campo de Torre Pacheco, dentro de su cerco, que era su mundo, una frontera de pinos y metal rojo oxidado, hacían que, dentro de este mundo hostil, en el que el banquero, el ladrón, el político, pueden campar a sus anchas, y vivir holgadamente, un hombre grande, pudiera sobrevivir a esta hostilidad dentro de su castillo.

No doblarán campanas, el mundo seguirá su curso, y yo lloraré en mi misma soledad, la pérdida de un genio, que estaba vivo, al que hace unos meses daba la mano, charlaba con él, reía y me enfadaba, como con cualquier otra persona. Y lo único que hacía falta, era tomar el coche, dirigirme a su casa y ahí tenía a la mano, a un ser humano, que no era, sino uno de tantos genios, que vivos no son apreciados, hasta que cruzan el umbral de la muerte.

El último recuerdo que tengo de él, es a un Manuel Frutos Llamazares, con actitud paternal hacia mí, y echando gasolina de su cortacésped, en mi Vespa de doscientos, para poder volver a mi casa, después de haberlo visitado a horas tardías en la noche y sacándolo de su abstracción artística.

Siempre me daba buenos consejos: “Pinta, coño, pinta”, y heme aquí, en puesto de pintar algo, escribiendo estas letras para un grande que se va, y de lo único que me arrepiento, es de no haber ido a visitarlo más a menudo.

Me llevo un buen recuerdo de él, una persona enérgica, con una voz que transmitía seguridad, y una sonrisa de media oreja, que hacía entreverse sus dientes y muelas de lado, entre su bigote y su barba blanca, ésas gafas con aumento y filtro tostado, que dejaban paso a una mirada, pícara, inteligente y amable.

Hoy despido a un gran amigo, que se va, y espero, esté ahí, para cuando me toque a mí pasar la frontera.

Juan Montoya López

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