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sábado, 13 de febrero de 2016

El circo de la vida

Era una vez que se era, una persona de corta edad. De ésas que ya no son niños, pero aún no son mayores, que se cuentan en esa edad sin definición, a la que unos llaman la edad del pavo.

No acababa de ser niño cuando ya se le asomaba la pubertad entre pelos en las axilas y un bigote negro de pelo de melocotón. Aunque su cuerpo le pedía a gritos que fuera ya un hombre de una vez, él parecía seguir entreteniéndose con juguetes, cromos, comics y todas las navidades escribía religiosamente su carta a los reyes magos.

Él se resistía a finalizar con esa etapa de niñez, pero no de una manera consciente, ni  tan siquiera oponiéndose férreamente. Simplemente, era que no sabía ser de otra forma. Había sido niño durante toda su vida, y no encontraba por qué debía dejar de serlo. Tampoco se lo propuso vez alguna.

Los que sí estaban preocupados por el comportamiento de su hijo, eran sus padres. Sobre todo, el papá. Porque la mamá estaba muy a gusto con que su hijo siguiera siendo su niño del corazón el mayor tiempo posible. Ya tendría tiempo para salir con chicas, para comportarse como un idiota, fumar y meterse en líos.

Mas el padre sentía como un pequeño hormigueo que no era otra cosa sino una vergüenza ajena, que le estaba contaminando para dejar de ser ajena y convertirse en vergüenza propia, pues ¿Que no hay más propio que tu propio hijo?

Así que decidió explicarle a su propio hijo lo que era la vida.

Cuando tenía a su hijo delante suya, para explicarle el secreto de la vida, se quedó sin palabras y fue entonces cuando se dio cuenta que no sabía cómo explicar lo que era la vida. Ante este silencio incómodo, el niño preguntó a su padre: “Papá, ¿Me llevas al circo?”

Así que en puesto de balbucear unas palabras torpes, y confundir aún más a su querido hijo, tomó la decisión de llevarlo al circo para de esta forma, tener más tiempo y encontrar las palabras necesarias para hacer entrar a su hijo en razón.

En la explanada de al lado, donde se encontraba la carpa, había mucha gente. El olor a excrementos de elefante y los rugidos de los tigres y leones, hacía que se mezclara con el griterío de los niños y el algodón de azúcar. Un payaso repartía globos a niños y mayores que entraban por taquilla.

Cuando el payaso ofreció un par de globos para padre e hijo, el padre los rechazó: “Ya somos bastante mayores para esas tonterías”, el payaso, siempre sonriente, hizo un gesto en el que le cambió el semblante por completo torciéndose en un horrible gesto de tristeza.

-¿Sabes, papá?- dijo el niño
-Qué-contestó el padre
-No deberías haber hecho eso, has puesto triste al payaso.
-Mira, hijo. Yo lo que quiero es explicarte lo que es la vida, para que te hagas un hombre- Se justificó el padre.
-¿Sabes lo que es la vida, papá?
El padre hizo una mueca, que quería ser una sonrisa y dijo: “¿Qué es la vida, hijo?”
El hijo contestó: “La vida es como el circo. Hay naturaleza, humanos, gente que se divierte, gente que gana dinero y gente que paga por un lugar en el que pasar su estancia aquí, mejor o peor. Unos piensan que están aquí por los hijos, y los hay que están aquí porque se lo pasan bien. Al final, todos nacemos y morimos. Nacemos siendo niños, y luego volvemos a ser niños, de viejos, que se preparan para pasar sus últimos días, como todos esos abuelos que traen a sus nietos de las manos”.
El padre se sintió satisfecho de la sabiduría de su hijo. “Veo que sabes muy bien lo que es la vida”. 
-Sí-dijo el niño.
-Yo quería que te prepararas para ser un hombre, y veo que tienes todo lo necesario.
-Papá, ¿Qué diferencia a un hombre de un niño?
-¿Que, hijo?
-Que el hombre, es un niño que se le ha olvidado cómo vivir la vida. ¿Tu quieres que me haga un hombre?
Al padre se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo: “No, yo te quiero como eres”
-Ah, porque si no, tendré que esperar a viejo para volver a aprender a vivir, y entonces, me quedará ya poco tiempo para disfrutar de la vida.
Diciendo esto, pegó un mordisco a su algodón de azúcar y comenzó la música del circo.

Juan Montoya López

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