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sábado, 13 de febrero de 2016

Durmiendo en el hospital

Tengo un problema con el sueño. Cuando duermo, ronco tanto, que a veces me despierto a mí mismo. Pero no es ese el único problema. Es que me quedo atascado. Lo que se conoce como apnea del sueño. Vamos, que me quedo un pequeño momento sin respirar. Esto hace que no descanse bien, me despierte varias veces y puede llegar a ser peligroso. Osea, que me puedo morir.

Esta noche me tocaba dormir en el hospital para hacerme la prueba del sueño.

Me llamaron esta mañana, citándome a las diez de la noche, para luego salir a las ocho de la mañana del día siguiente.

La cosa es que no tengo horarios de sueño, y forzarme a dormir, en las horas en las que todo el mundo duerme, es cosa que tiene mal encajar. Lo mismo duermo por la noche, o puede que si esa noche no he dormido, lo haga a la mañana siguiente. Y si no duermo ni por la noche, ni por la mañana, lo hago por la tarde. Nunca puedo dormir más de tres horas seguidas. Por lo que, tras dormir durante ese tiempo, me despierto y me es imposible seguir durmiendo.

Esta noche pasada, he dormido muy bien. Para mí, dormir bien, es dormir más de cuatro horas. Pero por la mañana, he dormido las tres que me faltaban para las siete. Por lo que, ya descansado, no me tocaba dormir, según mi caprichoso y aleatorio horario de sueño, hasta, no sé, al día siguiente por la mañana, o unos momentos por la noche.

Por la tarde me he duchado. He cenado a las ocho. A las nueve y diez he cogido el coche y me he dirigido al hospital, con la medicación tomada.

Llego al hospital a las nueve y cuarenta. Allí no hay nadie.

A las diez menos diez, se presenta la enfermera que va a vigilar el sueño de cuatro pacientes, entre los que me encontraba yo.

Como no, he llegado el primero. Aunque la enfermera me ha dicho que me pondrá el aparato y los cables en segundo lugar.

A las diez, estoy en la habitación. Me siento en el sillón y espero. Sigo esperando. Son las once. El sueño me puede y como no comience a dormir ya, seguro que se me pasa el efecto de la medicación.

Llevo desde las nueve y cuarenta sin fumarme un cigarrillo. No me he traído los chicles de nicotina. Me quedo casi dormido, hasta las doce, hora en que la enfermera entra en la habitación la balanza y el aparato para tomar la tensión.

Después de pesarme, medir mi altura, medirme el cuello y tomarme la tensión, me hace un test.

Le digo la medicación que tomo. Me pregunta si fumo. Le digo que de dos a tres paquetes al día.

Me dice que una opción para una posible solución del problema del sueño, sería, si no dejar de fumar completamente, al menos, reducir el consumo. Que la medicación influye, pero no la puedo dejar de tomar. Y el peso, que tengo que reducirlo.

Me explica por qué el tabaco es malo. Me explica lo que son los alveólos pulmonares, y que en ellos se hace el intercambio del oxígeno con la sangre. Vamos, una clase de biología del antiguo séptimo de EGB. Escucho paciente a sus explicaciones.

“Bueno. Siguiente paso.” (Le ruego a la enfermera)

Ahora te voy a poner el aparatico.

Me pone el complicado aparato. Me pone pegatinas en la zona del corazón, con sus cablecicos. En las piernas. Más cables. Me pone unos tubitos en las narices y una especie de plaquita en la boca. Todo el sistema de cables, va unido a un aparato transmisor, que llevo entre el pecho y la barriga. Y además, me pone una pinza en el dedo índice, me imagino para tomar el pulso.

No puedo dormir bocabajo, por miedo a aplastar el delicado y, posiblemente, caro aparato. Por lo que intento dormir, estoicamente, boca arriba.

Es la una de la madrugada. Llevo desde las nueve y cuarenta, sin fumar y sin tomar un café con leche. Necesito un café con leche, acompañado de uno o dos cigarrillos.

Sabiendo que eso es imposible, intento dormir.

Al rato, entra la enfermera porque hay un problema con la pinza del dedo índice. La estaba aplastando con mi cabeza.

Por momentos comienzo a perder el sueño, y con él, la paciencia.

A las dos menos diez estoy completamente desesperado. Me va a dar algo. Ya tengo claro, que no voy a dormir. Pero me fuerzo a estar acostado, para que el aparato registre mis latidos y respiraciones.

Son las dos y cuarto. Desde las dos menos diez, ha pasado toda una eternidad.

Me digo que a las tres, voy y me largo.

A las dos y veinte ya no puedo más. Me entra el ataque y me voy al aseo.

Me miro, y parezco un miembro de ‘Aviador Dro’.

Pienso qué hacer. ¿vuelvo a la tortura de la cama? ¿llamo a la enfermera para que me quite todo este tinglado? O me lo quito yo mismo...

Con cuidado, me voy quitando todas y cada una de las conexiones a mi piel. Cuando ya están todas despegadas, me quito el aparato, con sumo cuidado y lo dejo encima de la cama.

Tomo mi chaqueta, me pongo los zapatos, y me voy.

La enfermera sale y me dice: ¡Juan! ¿Es que te vas?

Yo le digo que estoy desesperado, que no aguanto más y que le he dejado el aparato, con mucho cuidado, encima de la cama.

Tomo el ascensor, para bajar, y cuando salgo a la calle, me enchufo un pitillo.

Cojo el coche y vuelvo a mi casa. Allí me hago dos cafés con leche y un colacao con galletas. Fumo todo lo que no había fumado durante ésas casi cinco horas y me relajo.

Sigo sin dormir. Pero la desesperación ha desaparecido, porque al menos, ya que estoy despierto, estoy haciendo cosas, en vez de mirar al techo y aguantarme las ganas de fumar.

Lo siento mucho, por no haber sido capaz de completar las diez horas en el hospital.

La solución a mi problema es ponerme un aparatico que echa aire a presión para no roncar. Yo sé, que cuando me manden el aparato, no me lo voy a poner. Y sé, de sobra, que tengo apnea del sueño. No me hace falta que me lo diga un complicado ordenador. Ya me lo dijo mi amigo Andrea durante las noches que dormimos juntos, en la misma cama de matrimonio, en el pasado viaje a México:

“Juan: Hay unos momentos en los que dejas de respirar... Que parece que te has muerto. Luego vuelves a roncar y yo vuelvo a dormir tranquilo que no tengo un cadáver al lado mío.”

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